Max del Solar

Publicado el lunes, 10 agosto 2015

“Para mí esto no es hacer el ridículo, porque es en lo que yo creo. Esto es lo que yo soy.”

¿Por qué continuó?
Hubo otra película: “Beat Street” (1984), que plasmó mucho mejor la cultura del  hip hop. Los personajes parecían ser unos sobrevivientes (chicos de barrio que a través del grafiti, el baile y la música, expresaban un arte incomprendido), ¡eran un reflejo de la vida real! Dije: “Quiero ser como ellos, luchar por lo que sueño y siento, y crecer cada vez más en mi arte”.

El país pasaba un mal momento, el terrorismo ya golpeaba Lima. ¿Fue el breakdance su alternativa ante esos días de miedo e incertidumbre?
No me daba cuenta. Una noche, pasada la medianoche me detuvieron dos policías. Había toque de queda. Me preguntaron adónde iba, yo estaba regresando de bailar. Como no me creían, ahí mismo y sin música les mostré mi baile. Uno se burló, pero el otro me dijo: “Muy bien muchacho, sigue así”. ¡Tenía que hacerlo! Para mí, eso no era hacer el ridículo, porque es en lo que yo creo. Eso es lo que yo soy.

Hoy usted es un referente para muchos jóvenes.
Bueno, sí. Por culpa del destino (ríe)…

Parte de las retribuciones más gratas las ha recibido de padres de familia a cuyos hijos usted forma en este arte.
Yo agradezco que me confíen a sus hijos… y que los chicos hablen tan bien de mí.

Una mirada equivocada podría vincular su arte con pandillaje, delincuencia, drogas.
Al crecer los chicos descubren que a su alrededor hay vicios y no quieren estar fuera de onda. Me ha costado explicarles que hay otras alternativas, y creo haberme hecho escuchar, porque con el tiempo —y ya con hijos—, varios me lo han agradecido.

A través del baile les marcó el camino.
Lo puedes hacer a través de cualquier arte o deporte. Ellos necesitan apoyo… A los papás al principio les cuesta entender, pero después lo valoran.

¿Algún hecho que recuerde con cariño?
Cuando surgió el Movimiento Hip Hop Peruano, en el anfiteatro Chabuca Granda (Miraflores), había un niño que se sentaba a vernos bailar hasta que su papá salía de trabajar e iba por él. Como vendíamos casetes con la música que bailábamos, un día le pidió que le compre uno. No lo hizo, pero ya en su casa le sacó sus casetes de breakdance. ¡Él antes bailaba! ¿Cómo sé eso? Porque se me acercó y felicitó por lo que hacíamos con los chicos. “Yo pensé que esto ya no seguía. Cuando me casé, escondí mis casetes porque mi mujer quería que los bote. Pero yo sabía — ¡no sé por qué!— que algún día iban a servir; y ahora son de mi hijo”… Hay papás que me han agradecido después de haber visto bailar a sus hijos: “Yo pensaba que era un quedado. ¡No pensé que se iría a mover así! Qué hay que hacer, yo lo apoyo”. Cuando eso pasa, no sé dónde meter la cabeza, porque pienso que no es para tanto…

Pero sí lo es, ¿no?
Bueno, sí… He comenzado a darme cuenta del efecto que causo.

Si hacer esto no es rentable, ¿por qué lo hace?
Porque esto salva vidas. Me salva a mí, salva a otros… y me gusta salvar a otros.