Rocío Carrión

Published on martes, 3 octubre 2017

“Todos me veían pero nadie podía hacer nada, hasta que en un helicóptero me sacaron de ahí”

¿En cuánto tiempo le dieron el alta?

Después de veinte días.

A partir de entonces debía esperar unos seis meses para empezar a…

¡A correr! Bueno, a retomar mi vida laboral. Recuerdo que salí y, para mi primer control en el hospital, a propósito me vestí súper deportiva. Yo quería que el doctor me vea y diga: “Uy, estás ¡súper bien!”. Pero vio mis resonancias y me dijo que todavía no podía hacer ejercicios, que aún había agua, que podía hacer cuadros de epilepsia…

Sin que nadie se diera cuenta, al mes salió a correr al parque.

Sí.

Al segundo mes partió a México para participar en una maratón.

Sí.

Y al tercero, hizo una ultramaratón.

Claro. ¡Pero antes de la ultramaratón corrí la Wings For Life World Run! Y la gané.

En esa carrera los atletas participan en beneficio de personas con problemas de médula espinal.

Eso fue lo que a mí me motivó, y decidí pagar. Usualmente no participaba en carreras que costaran mucho, pues entonces no contaba con ningún sponsor, con ningún auspicio, salvo la olla de mi mamá (ríe)… Además, sabía que no iba a ganar. Lo hice por colaborar, porque me interesó mucho. Vi los spots, a chicos con esclerosis múltiple -jovencitos, en sillas de ruedas-, y decía: “Yo estoy volviendo a correr. Ellos no lo van a volver a hacer”. ¡Y gané! A partir de ahí me conocieron los chicos de Red Bull, que colaboraron conmigo para que vaya a competir a Austria.

“Su caso es diferente al de quienes no corren porque les da flojera. Los atletas invidentes ¡de verdad necesitan a alguien para correr!”

Eso también hizo posible que conozca al atleta invidente Fernando Muñoz. ¿Cómo fue eso?

Se hizo una convocatoria para ser guía, porque chicos invidentes iban a participar en una carrera y, si bien entonces yo no era muy veloz porque recién me estaba recuperando, quería ayudar; y como ya conocían mi caso, fui bienvenida.

¿Por qué quería ayudar?

Porque ellos sí necesitan a alguien para correr. Ellos no pueden correr solos. ¡No ven! Su caso es diferente al de quienes no corren porque tienen flojera o lo que sea. Ellos ¡de verdad necesitan a alguien!

Quieren pero no pueden hacerlo si no es con alguien al lado.

Hay tanta gente que pudiendo hacerlo pone tantas excusas; y Fernando, con tal de entrenar, puede salir sin tomar desayuno, con cualquier zapatilla. Él no te pone peros. Hemos entrenado en el frío y también sobre la arena en épocas de mucho calor. Esa iniciativa, su disposición, a mí me encanta.

¿Usted lo eligió?

Mira, todo en mi vida -después de mi accidente- viene encajando perfecto como en un rompecabezas. Yo fui para brindar mis servicios, había chicos y señores de todas las edades. “¿Quién me tocará?”. Y como era la más joven, me dieron al más jovencito. ¡Gracias a Dios fue él! Y atrás de él había toda una historia, porque Fernando es huérfano de padre, es cajamarquino, vivía aquí en un albergue. ¡Él era! Comenzamos a entrenar y, la primera foto que nos tomaron cruzando la meta es espectacular. Era su primera carrera. Su rostro, su expresión, ¡es espectacular! Esa foto la tengo en mi cuarto.

Quien corre, lo hace sumergido en su mundo. En su caso, lo hizo al servicio de otra persona. ¿Cómo se establece la comunicación?

Es difícil, porque como dices, durante una competencia una se concentra, tiene sus propios pensamientos, sabe cuándo picar, pero en ese momento tengo que bloquear todo -¡todo!- y abocarme a él. Siempre le exijo más. Hay momentos en los que le he alzado la voz, puedo haberle dicho de todo, pero al final siempre me agradece; y como ahora a mí en el medio me conocen y hay gente que me saluda, que se quiere tomar foto conmigo, eso a él le gusta y me dice: “Guau, tengo a una chica famosa”.

Siendo invidente, Fernando no puede ver la meta. ¿Cómo hace para hacérselo notar?

Él siempre me dice: “Rocío, ya no puedo”. “Fernando, cállate. Sí puedes, falta poco”. En la primera 10k (carrera de 10 kilómetros) que hicimos, en el kilómetro 8 quiso abandonar. Ahí sí lo grité, le dije que así sea a rastras yo lo iba a hacer cruzar la meta. Además, cuando tú vas llegando, la gente te comienza a ovacionar, y como él tiene la audición súper desarrollada, oye ¡todo! “Rocío, falta poco, ¿no?”. Y nos comienzan a ovacionar, y yo sé que no es por mí, porque mi polo dice Guía y, como nos ven amarrados, saben que él es invidente; y lo ovacionan de tal manera… Eso hace que recobres energías y tú sigues. Eso le pasa a él. “Vamos campeón, ¡tú puedes!”. Ya con eso, el último kilómetro, los últimos quinientos metros, se hacen fácil.

¿Esa primera meta con él es uno de los mejores momentos de su vida?

¡Claro! Fue emocionante.

Un momento en el que no pensó en usted, sino en el otro.

Es que cuando algo es bueno, tú quieres compartirlo. Yo sé lo que él ha sentido porque sé lo que se siente al cruzar metas, cuando ganas…

“La primera foto que nos tomaron cruzando la meta es espectacular. Era su primera carrera. Su rostro, su expresión, ¡es espectacular!”

¿Llegaron a participar en la maratón de Nueva York?

No. No conseguimos el presupuesto.

Debió ser frustrante.

Mucho. Lamentablemente más para él, porque yo puedo pedir ayuda, tocar puertas para mí, pero… Faltando unos meses, nos dijeron que no había presupuesto para él. Créeme, toqué puertas, pero no hubo quien apueste: porque no está federado, porque no vende…

Desde que sufrió ese accidente, ha participado aquí en tres ultramaratones de 100 kilómetros.

De 100, han sido tres. Tres más de 53 kilómetros y una de 80 kilómetros; y todas ocupando un lugar del podio.

¿Ha vuelto a hablar con su médico?

Me ha agregado al Facebook (ríe)… Me recomendó que no vaya a México (a la maratón que corrió al segundo mes que recibió el alta), y se enteró de que fui porque le traje un regalo de allá. “Mira Rocío, ¡qué te puedo decir! A ningún paciente operado de la cabeza se le pide -como una constancia- que corra una maratón, y tú lo has hecho. ¡Ya qué más! Tú estás sana”. Él comprendió que yo necesitaba hacerlo.

¿Y sus papás?

Yo los hice sufrir mucho con mi accidente. Mi mamá es una persona muy delicada. Durante las casi nueve horas que duró mi operación, ella sufrió cuadros de taquicardia; y ahora, cuando regreso toda sucia, me ven y noto en ellos felicidad.

O sea que haber visto la muerte tan de cerca terminó potenciando su vida.

Definitivamente. Me enseñó a no perder el tiempo, a aprovechar el día. Me ha hecho ver a los chicos invidentes, que entrenan en cualquier condición. Ver eso me hace pensar en que tengo que aprovechar ¡que estoy bien!

Antes de eso no tenía auspiciadores, hoy le llueven.

Me han buscado a raíz de mi accidente y porque, pese a ello, fui valiente y volví a correr y gané mi primera competencia; y salí a representar al Perú. A partir de ahí se comenzaron a fijar en mí. No era cualquier chica: dos meses antes había estado en coma. Eso captó la atención… Y pensar que me caí por no tener las zapatillas adecuadas.